Yo tengo una curiosa forma de optimismo: pienso que, hasta tanto encontremos algo mejor para hacer, es posible hacerla menos mala (menos violencia inútil, digámoslo de una vez)
La semana pasada el diario Clarín publicó esta nota, que en sí misma me pareció bastante incompleta, casi de baja calidad, aunque cambié de idea con la muy buena subnota que firma el periodista Héctor Gambini.
Hoy no es es el mejor día para que me siente a escribir como el tema se merece. Pero tengo la impresión de que si, al menos, no uso este blog como ayuda-memoria público de los asuntos sobre los que hace falta pensar, me voy a quedar, como de costumbre, con el tema in pectore. Por lo tanto, prefiero recomendar la lectura de la noticia y provocar el pensamiento sobre las cuestiones vinculadas a la cárcel, con un par de párrafos a manera de reflexiones sueltas. Ya volveremos sobre esto en próximos posts, pero al menos arranquemos con dos ideas convergentes desde polos opuestos:- De un lado está el minimalismo penal. Ese principio de mínima intervención penal que nos manda disminuir la violencia social para conseguir la paz, y que por tanto nos obliga a aplicar a la gestión de cada conflicto la solución menos violenta posible, y la cárcel como última ratio. Desde ese aspecto, es indudable que el encierro no debe usarse siempre que pueda sustituirse eficazmente con otra medida, y cuando se use, debe serlo por el menor tiempo que sirva a la finalidad esencial establecida en la Constitución: "la reforma y la re adaptación social de los condenados" (CADH: 5.6). No entro en la vieja discusión (que como bien dijo alguna vez el gran Tute Baigún, no es sobre las teorías sino sobre la mitología de la pena), y no me van a escuchar decir si me parece bien o mal andar por la vida reformando prójimos. Está en la Constitución, y punto.
- Y en el otro rincón, la eficacia carcelaria. Aún pensando como el menos humanista de los administradores estatales de violencia, está claro que los recursos estatales jamás son infinitos. La cárcel es un recurso, y tiene un límite. Si no la uso de una forma inteligente y eficaz, no hago bien mi trabajo. Y en estos tiempos de gran demanda de inseguridad, el deber de los agentes públicos de punición es optimizar el aprovechamiento de los recursos: evitar malgastar calabozos encerrando a gente que a lo mejor, podría estar afuera, y hacer lugar para los más peligrosos delincuentes; además, aprovechar al máximo cada condena para tratar de que el penado no reincida (si no me ocupo de eso, sería bastante incompetente, como si me mandaran a llenar la pileta y no me preocupara de ponerle el tapón).
(Continuará)
