lunes, 14 de junio de 2010

Minimalismo penal y eficacia carcelaria

Que la cárcel es un problema, nadie lo duda. Algunos piensan que es un problema mayor que aquél que pretende remediar, y por eso abogan por su abolición.
Yo tengo una curiosa forma de optimismo: pienso que, hasta tanto encontremos algo mejor para hacer, es posible hacerla menos mala (menos violencia inútil, digámoslo de una vez)
La semana pasada el diario Clarín publicó esta nota, que en sí misma me pareció bastante incompleta, casi de baja calidad, aunque cambié de idea con la muy buena subnota que firma el periodista Héctor Gambini.

Hoy no es es el mejor día para que me siente a escribir como el tema se merece. Pero tengo la impresión de que si, al menos, no uso este blog como ayuda-memoria público de los asuntos sobre los que hace falta pensar, me voy a quedar, como de costumbre, con el tema in pectore. Por lo tanto, prefiero recomendar la lectura de la noticia y provocar el pensamiento sobre las cuestiones vinculadas a la cárcel, con un par de párrafos a manera de reflexiones sueltas. Ya volveremos sobre esto en próximos posts, pero al menos arranquemos con dos ideas convergentes desde polos opuestos:
  1. De un lado está el minimalismo penal. Ese principio de mínima intervención penal que nos manda disminuir la violencia social para conseguir la paz, y que por tanto nos obliga a aplicar a la gestión de cada conflicto la solución menos violenta posible, y la cárcel como última ratio. Desde ese aspecto, es indudable que el encierro no debe usarse siempre que pueda sustituirse eficazmente con otra medida, y cuando se use, debe serlo por el menor tiempo que sirva a la finalidad esencial establecida en la Constitución: "la reforma y la re adaptación social de los condenados" (CADH: 5.6). No entro en la vieja discusión (que como bien dijo alguna vez el gran Tute Baigún, no es sobre las teorías sino sobre la mitología de la pena), y no me van a escuchar decir si me parece bien o mal andar por la vida reformando prójimos. Está en la Constitución, y punto.
  2. Y en el otro rincón, la eficacia carcelaria. Aún pensando como el menos humanista de los administradores estatales de violencia, está claro que los recursos estatales jamás son infinitos. La cárcel es un recurso, y tiene un límite. Si no la uso de una forma inteligente y eficaz, no hago bien mi trabajo. Y en estos tiempos de gran demanda de inseguridad, el deber de los agentes públicos de punición es optimizar el aprovechamiento de los recursos: evitar malgastar calabozos encerrando a gente que a lo mejor, podría estar afuera, y hacer lugar para los más peligrosos delincuentes; además, aprovechar al máximo cada condena para tratar de que el penado no reincida (si no me ocupo de eso, sería bastante incompetente, como si me mandaran a llenar la pileta y no me preocupara de ponerle el tapón).
En resumen, tanto desde el garantismo como desde el manodurismo racional (suponiendo que exista), parece que es bastante estúpido no trabajar en el problema de los mecanismos de tratamiento penal y control pos penitenciario.
(Continuará)

3 comentarios:

Manuel Freire dijo...

Creo que con respecto a la cárcel el cambio debe ser, no sólo político, sino también cultural. Mientras no existan políticas reales interesadas en darle una finalidad resocializadora al encarcelamiento (la pena)-si es que tiene algún fin-, seguiremos teniendo cárceles que reflejan los peores valores de la sociedad. La cárcel, en vez de ser un lugar que sirva para la reforma y el cambio, es un instrumento de castigo, estigmatización y violencia. Hasta el más lego sabe que si alguien que en la vida libre en sociedad, conservaba alguna pauta de sociabilidad, la debe olvidar para poder sobrevivir en el sistema penitenciario. Este es el mensaje que se le da a la sociedad y la idea que maneja la gente: la pena es sobrevivir a la cárcel, el encierro no tiene fin, es un fin en sí mismo.

Unknown dijo...

Coincido, Manuel. De visita en una cárcel del primer mundo (Carleton Detention Center, Ottawa, Canada), me puse a pensar seriamente sobre esto: si está claro que mandar al preso a sobrevivir en la jungla más violenta no parece un aporte a la paz social ¿por qué no ponemos en el primer punto de la agenda de política penitenciaria que las cárceles sean "sanas y limpias"?
No es imposible, y no es sólo cuestión de plata.
Más bien, creo que hay que luchar contra un abominable prejuicio: mi tía Rosa (la que mentaba el finado Bernardo) diciendo "¿qué, al final van a estar mejor presos que en la casa?", que proviene de la vinculación directa del castigo con el infierno y su sufrimiento infinito.

Unknown dijo...

hay una necesidad urgente de mejorar las condiciones de las personas en calidad de presos o detenidos, esta demostrado que en la mayoria de los paises del mundo la reinsercion a traves de las medidas restrictivas de la libertad no se ha logrado mucho en cuanto a la mejoria o mejoramiento del reinsertado, salvo casos excepcionales de un millardo uno y cuidado si no menos.EDGAR.R.MARCANO VENEZUELA